Veo al tipo de la gabardina beige desde mi ventana. Es de noche, la calle está deshabitada y temo que pueda sorprenderme agazapado bajo el cristal, espiando impunemente sus movimientos. El caso es que el hombre no se mueve, apoya su cuerpo en la farola y fuma como suspirando, como si el humo que pierde por la boca nunca fuera a volver a él, como si ese humo no fuera el mismo humo de todos los cigarros encendidos, como si cada bocanada que expira constituyera algo así como un río, ese río de agua turbia que no es el mismo río que el río de siempre, ni se le parece, sólo un afluente (si acaso podemos llamarlo así) que asciende con pulso firme hacia la luz.
Pasan las horas y el tipo no parece aburrido. Yo ya me empiezo a cansar. Espero algo, un abandono, un vehículo que se detenga, perdido en la noche, para solicitar alguna información, el sonido una sirena, un accidente, al menos una muerte cercana. Pero el silencio lo cubre todo ahí afuera y yo sólo escucho la televisión, los susurros de algún imbécil, mi propia respiración que se entrecorta o se agarra a mis pulmones produciéndome cierto dolor que no es dolor sino algo necesario, como cosquilla o caricia o arrullo, algo así, como el vestigio de un sonido envolvente. Bajo el volumen del televisor, decido apagarlo de forma definitiva. Vuelvo a la ventana y el tipo, aprovechando mi debilidad, ha abandonado el lugar definitivamente. Por fin puedo descansar y espero, apoyado en el cristal, la aparición de un nuevo tipo más paciente. Pero nunca nadie vuelve a la misma farola, nunca nadie retorna a mis dominios. Todas las noches, todos los hombres. Yo mismo como espectro solitario, altivo, innecesario.