Teófilo cagó dos cocodrilos y, después de limpiarse un agujero en el que podría caber un peral, se quedó sentado en el trono tranquilamente, como si no hubiera razón alguna para levantar el culo y dedicarse a otras tareas diferentes. Así, desnudo, encajado en el trono de Gargantúa, llevaba más o menos dos semanas sin salir del baño. Desde allí manejaba el clima, las circunstancias y, en las horas oportunas, su perro le traía la comida y algo de beber. Cada cuarto de hora echaba un pis, una cascada atronadora que percutía contra las rocas del inodoro. De hora en hora fabricaba excrementos artefactos y animales cuyas formas, a veces muy difíciles de modelar, nada tenían que envidiar a las creaciones de los más afamados ingenieros. El tiempo se le iba, por ejemplo, leyendo greguerías. Cada pensamiento que éstas provocaban en su pasta cerebral —es evidente que este hombre tenía el tejado desquiciado por el vendaval de la cisterna— le obligaba a pergeñar nuevos cuños que, con su arte final bien pulido, se deslizaban mansamente hacia el abismo del retrete. «La morcilla es una transfusión de sangre con cebolla», leyó en el volumen de Ramón y, con una malicia demoledora, como si hubiesen encontrado el hilo que indica la salida de la cueva, comenzaron sus sabios intestinos a funcionar con parsimonia. La maquinaria avanzaba en convulsiones, como una boa que repta hacia su presa. En apenas dos minutos vio la luz una ristra tremenda que, veteada de pimentón y melancolía, fondeó en aguas pelágicas con decisión, con avaricia, hincando el ancla en la sutil porcelana.
Teófilo es una inmunda fiera, un maestro de la deyección, un cagador nato o, lo que es lo mismo, un lector compulsivo. «El sapo es tan feo que sólo sale de noche», volvió a ensimismarse en su lectura. Efectivamente, eran las once menos cuarto y un batracio marrón, con aspecto de haberse curtido en mil batallas, chapoteaba en el líquido infecto que el hombre seguía proyectando sin esfuerzo. Volvió a limpiarse el orificio, cuya aureola parecía un anillo de Saturno. La operación fue dolorosa pero consiguió por fin pulir su anillo de tal forma que, si así lo hubiese decidido, por el hielo de sus rampas circulares se podrían haber arrastrado sendos trineos armados de diez perros cada uno. Así, con el culo bien dispuesto, dotada su imaginación de un pulso creativo incontestable, Teófilo llegó a modelar las más bellas esculturas. Sólo en raras ocasiones, obligado por su anatómica exigencia, repetía sus figuras corrigiendo algún matiz.