4 de julio de 2009

23

PACA (presa de la ira): ¡La leche que mamé!
PACO: Si lo digo yo, vale. ¡Pero qué ambiguo suena de tu boca!

30 de junio de 2009

22

Todos los muertos nacen ciegos. Nada tiene que ver con los genes. El dinero les oprime los párpados.

29 de junio de 2009

21

Hipótesis. Un bebé nace en Praga y sus padres se comportan como lo hicieran los de Kafka. Se le sitúa en el mismo entorno, se le da la misma educación, se incorporan todas aquellas lecturas decisivas a su vida, todos sus amigos —Brod, Werfel, Löwy, entre otros— y relaciones importantes y pasajeras —Kirchner, Bauer, Jesenká—, recreando escrupulosamente su vida hasta en los detalles más concretos. Pongamos por caso que también sus padres le llamaron Franz y que era vegetariano. Démosle el mismo trabajo, la misma ropa, hagamos que sus familiares y amigos se comporten con él como lo hicieran los familiares y amigos de Kafka. Dejemos que visite los mismos sitios, que disfrute de los mismos viajes y aficiones, y pongamos a su alcance los medios exactos, en cualquier variable de la vida, de los que se sirvió el escritor. En definitiva, intentemos que la diferencia entre la hipótesis y la realidad vivida por Kafka sea imperceptible, a ser posible nula. ¿Quiere esto decir que nuestro clon, llegado el momento, será capaz de escribir punto por punto el texto de El castillo sin haberlo leído antes?

25 de junio de 2009

20

RANAS: A nosotras nos quieren por nuestras deliciosas ancas.
SAPOS: A nosotros no nos quiere nadie y por eso, a falta de cojones, se nos hinchan los mofletes.

24 de junio de 2009

Hipérbole

Teófilo cagó dos cocodrilos y, después de limpiarse un agujero en el que podría caber un peral, se quedó sentado en el trono tranquilamente, como si no hubiera razón alguna para levantar el culo y dedicarse a otras tareas diferentes. Así, desnudo, encajado en el trono de Gargantúa, llevaba más o menos dos semanas sin salir del baño. Desde allí manejaba el clima, las circunstancias y, en las horas oportunas, su perro le traía la comida y algo de beber. Cada cuarto de hora echaba un pis, una cascada atronadora que percutía contra las rocas del inodoro. De hora en hora fabricaba excrementos artefactos y animales cuyas formas, a veces muy difíciles de modelar, nada tenían que envidiar a las creaciones de los más afamados ingenieros. El tiempo se le iba, por ejemplo, leyendo greguerías. Cada pensamiento que éstas provocaban en su pasta cerebral —es evidente que este hombre tenía el tejado desquiciado por el vendaval de la cisterna— le obligaba a pergeñar nuevos cuños que, con su arte final bien pulido, se deslizaban mansamente hacia el abismo del retrete. «La morcilla es una transfusión de sangre con cebolla», leyó en el volumen de Ramón y, con una malicia demoledora, como si hubiesen encontrado el hilo que indica la salida de la cueva, comenzaron sus sabios intestinos a funcionar con parsimonia. La maquinaria avanzaba en convulsiones, como una boa que repta hacia su presa. En apenas dos minutos vio la luz una ristra tremenda que, veteada de pimentón y melancolía, fondeó en aguas pelágicas con decisión, con avaricia, hincando el ancla en la sutil porcelana.
Teófilo es una inmunda fiera, un maestro de la deyección, un cagador nato o, lo que es lo mismo, un lector compulsivo. «El sapo es tan feo que sólo sale de noche», volvió a ensimismarse en su lectura. Efectivamente, eran las once menos cuarto y un batracio marrón, con aspecto de haberse curtido en mil batallas, chapoteaba en el líquido infecto que el hombre seguía proyectando sin esfuerzo. Volvió a limpiarse el orificio, cuya aureola parecía un anillo de Saturno. La operación fue dolorosa pero consiguió por fin pulir su anillo de tal forma que, si así lo hubiese decidido, por el hielo de sus rampas circulares se podrían haber arrastrado sendos trineos armados de diez perros cada uno. Así, con el culo bien dispuesto, dotada su imaginación de un pulso creativo incontestable, Teófilo llegó a modelar las más bellas esculturas. Sólo en raras ocasiones, obligado por su anatómica exigencia, repetía sus figuras corrigiendo algún matiz.

23 de junio de 2009

19

Ayer por la tarde entré en un bar a comprar tabaco. En la barra estaba ese escritor que sale tanto en la televisión. Elegante, muy distinguido, aleccionaba a los parroquianos sobre las bonanzas de su obra. Pero escúchenme bien: ¡Se estaba comiendo un torrezno!

21 de junio de 2009

18

—Me refiero a esos escritores que siempre quedan unos con otros para tomar copas y se citan siempre en sus escritos, se reseñan unos a otros y luego, a escondidas, mantienen correspondencia amorosa. No se plagian, eso no, sólo algún subtipo. Cualquiera podría pensar que son un poco maricones, pero nadie hasta el momento ha querido mojar el churro para comprobar tal cosa.
—Bien, pero supongamos que ese tipo de escritores no existe. ¿Dónde nos deja eso a nosotros? ¿Seguimos leyendo a los clásicos?

18 de junio de 2009

Sinécdoque

En la pocilga conviven veinte hocicos peludos. Cuando llego se ponen tiesos sus bigotes y las patas, con sus pezuñas negras, tiemblan como finas hojas de metal. Cualquiera mete la zarpa en ese barro.
Donde manda patrón, según dicen, no manda marinero, y a mí me han ordenado sacar al patio diez jamones y otras tantas paletillas. En esta granja hay demasiadas bocas hambrientas y a todos nos gusta el ibérico. Recesvinto, el matarife, nos espera con su hoja reluciente y los bigotes enroscados, sujetando el metal con una mano y con la otra —metiéndonos prisa— le saca chispas al filo. Si le miro de soslayo, así, con su panza ubuesca y sus dientes marranos, no sé cuál de todas estas almas es más cerda. Si le miro fijamente, por el contrario, ya no tengo tantas dudas.
Agarro un rabo con las manos y, cuando ya tengo bien sujeto al animal, se me escapa el gorrino y retorna a la piara junto con las demás cabezas. Me acerco con un carro al vallado y lo dispongo junto a la puerta. Con la aguja voy pinchando varios culos y sus dueños, como fieras bravas, se introducen en la trampa.
—Y con éste hacemos diez —suspiro, aliviado.
Recesvinto saca el gancho y monta el teatrillo.
—¡Asesino! —gruñe un bípedo.
Se trata de mi primo Chindasvinto, que se pirra por la huerta en detrimento de la carne. Yo, como cómplice y colaborador necesario, prefiero mirar para otro lado y representar mi papel de loco. Al fin y al cabo soy débil por naturaleza —como todos los nacidos de vientre— y, por lo tanto, me niego a despreciar la dramaturgia.

16 de junio de 2009

17

El señor muestra su calvicie con orgullo.
—Antes me ponía una mofeta —nos explica—. Pero me olían las orejas a glándulas anales.

15 de junio de 2009

16

Imaginemos que existe un mundo alternativo en el que una tal Pepita Jiménez escribe cada noche una novela titulada Juan Valera. Tiempo atrás, en ese mismo mundo, El Cervantes era escrito por Alonso Quijano. Pensemos, en esa fracción de tiempo que necesitamos para comprenderlo todo, que ese mundo podría haber existido.